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Publicación del Foro de Reflexión sobre la Realidad Salvadoreña – FORES–
No. 15, septiembre – diciembre 2026. Revista cuatrimestral. San Salvador, El Salvador, Centroamérica
The mountain of humanism
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Este trabajo tiene la licencia
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Recibido: 11/07/2026 Aprobado: 02/08/2026 |
Directora de Radio Clásica 103.3
etrabani@yahoo.com
https://orcid.org/0009-0004-7163-1579
Hay recuerdos cuya verdadera dimensión solo comprendemos con el paso de los años.
Cuando era niña, mi madre acostumbraba a llevarme con ella durante sus visitas de trabajo a Publicidad Díaz, cerca del monumento al Divino Salvador del Mundo. Mientras ella atendía sus reuniones, me dejaba en una librería vecina. Era un lugar que, al principio, me resultaba desconcertante. Recorría los estantes sin encontrar nada que despertara mi interés. Los libros parecían pertenecer a un mundo ajeno.
Una tarde, después de dar varias vueltas entre los anaqueles, me acerqué decidida al caballero que conversaba tranquilamente con otro señor alrededor de una mesa de madera.
—Yo soy cliente —le dije con toda la seguridad que puede tener una niña—. Traigo dinero y usted ni siquiera me atiende.
Ambos soltaron una carcajada. El hombre se levantó con una cortesía que nunca olvidé, tomó un libro de un estante y me dijo:
—Para una niña como tú, te recomiendo una obra de Alejandro Casona.
Antes de irme le pregunté su nombre.
—Hugo Lindo.
Le di las gracias por atenderme, sin sospechar siquiera quién era aquel hombre. Mucho menos imaginaba que el otro caballero con quien conversaba era Salarrué.
Aquella escena, aparentemente insignificante, terminó marcando el rumbo de mi vida.
Con el tiempo me convertí en una visitante habitual de esa librería. Le pedía a mi madre que me llevara una y otra vez. Hugo Lindo fue guiando mis lecturas con una generosidad silenciosa. Gracias a él llegaron Borges, Guy de Maupassant, las grandes antologías de cuentos y, más adelante, un libro que nunca dejó de acompañarme: La deshumanización del arte, de José Ortega y Gasset.
Sin proponérselo, Hugo Lindo no solo me enseñó a leer.
Me enseñó a mirar.
Tuve la fortuna de crecer en un hogar donde el pensamiento crítico era parte de la vida cotidiana. Durante muchos años no hubo televisión. En cambio, hubo libros, conversaciones y padres que nunca aceptaron vivir dentro de los esquemas establecidos. Hoy comprendo que aquella aparente carencia fue uno de los mayores privilegios de mi infancia. Aprendí que la imaginación necesita silencio y que las preguntas suelen ser más importantes que las respuestas.
Cuando años después estudié Letras en la Universidad Centroamericana, descubrí que mi fascinación por la música del Renacimiento, el Barroco y la literatura universal no siempre era comprendida. En un país atravesado por profundas divisiones, interesarse por Bach, Monteverdi o Vivaldi podía interpretarse como una forma de evasión.
Nunca lo entendí así.
Mientras muchos miraban exclusivamente la coyuntura, yo encontraba en las grandes manifestaciones del arte una conversación mucho más amplia. Descubría que la historia humana no avanza sustituyendo unas épocas por otras, sino dialogando consigo misma.
Cambian los sistemas políticos. Cambian las formas de producción. Cambian las tecnologías. Cambian los lenguajes.
Pero permanecen las grandes dualidades que acompañan toda existencia humana:
el amor y el miedo;
la esperanza y la pérdida;
la violencia y la compasión;
la creación y la destrucción;
la memoria y el olvido;
la libertad y el poder.
Cada generación las expresa de una manera distinta, pero todas hablan de la misma condición humana.
Comprendí entonces que la cultura no consiste únicamente en conservar el patrimonio recibido. Consiste también en mantener viva una conversación que atraviesa los siglos.
Durante muchos años tuve el privilegio de interpretar música del Renacimiento y del Barroco. Quien canta una obra escrita hace cuatrocientos años descubre algo extraordinario: el tiempo deja de comportarse como una línea recta. Las partituras dejan de ser documentos históricos para convertirse nuevamente en un acto vivo. Cada interpretación hace respirar otra vez a Bach, Monteverdi o Vivaldi. Nosotros prestamos nuestra voz; ellos continúan hablándonos a través de ella.
Nunca sentí que estuviera interpretando música antigua. Sentía que participaba en una conversación iniciada siglos atrás. La música nos recuerda que las grandes obras nunca pertenecen únicamente a la época en que fueron creadas. Permanecen abiertas, esperando que cada generación encuentre en ellas un significado nuevo.
Comprendí también que el patrimonio cultural no es aquello que permanece inmóvil, sino aquello que cada generación es capaz de volver a hacer suyo sin traicionar su esencia.
Por eso nunca entendí la cultura como nostalgia.
Siempre la entendí como continuidad.
Con el tiempo comprendí que una emisora cultural podía ser mucho más que un espacio dedicado a la música clásica. Podía convertirse en un lugar donde dialogaran la literatura, la historia, la ciencia, la filosofía, la antropología, el patrimonio y las artes. Un lugar donde distintas disciplinas se reconocieran como parte de una misma conversación sobre la experiencia humana.
Fue precisamente entonces cuando comenzó a tomar forma el proyecto que ocuparía gran parte de mi vida: Radio Clásica.
Durante medio siglo al aire he escuchado repetirse los mismos argumentos, aunque expresados con distintos vocabularios. Antes se decía que la cultura era para pocos, que el arte no daba de comer, que sostener una emisora cultural era una necedad. Hoy se habla de algoritmos, métricas y engagement. En el fondo, el razonamiento sigue siendo el mismo: medir el valor de una obra únicamente por el tamaño de su audiencia.
Nunca quise responder desde la confrontación.
Preferí seguir abriendo el micrófono.
Nunca he pretendido ser una abanderada de la cultura.
Mucho menos una autoridad moral.
Me considero, simplemente, una interlocutora.
El éter no pertenece a nadie y, precisamente por eso, pertenece a todos.
Mi tarea ha sido abrir una ventana para que dialoguen músicos, escritores, investigadores, científicos, actores, artesanos, historiadores y jóvenes creadores. He visto llegar al estudio a Premios Nacionales de Cultura y a intérpretes que apenas iniciaban, con ilusión, su caminar en las artes. Nunca sentí que unos fueran más importantes que otros. Todos tenían algo que aportar a esa conversación interminable que llamamos cultura.
Siempre salí más enriquecida de lo que entré.
Toda conversación auténtica transforma a quienes participan en ella. Nutro y me nutro de los demás.
José Ortega y Gasset comparaba el camino del arte con el ascenso a una montaña. Muchos comienzan el recorrido. Pocos llegan a la cima.
La imagen siempre me pareció extraordinaria. Desde el valle creemos comprender el paisaje entero; al ascender descubrimos que cada altura revela un horizonte distinto. Ortega encontraba en esa experiencia una metáfora del conocimiento y de la perspectiva. Ninguna mirada basta por sí sola. Cada ascenso amplía nuestra visión, pero nunca la agota.
La montaña no convierte a unos en dueños de la verdad y a otros en ignorantes. Nos recuerda, más bien, que comprender exige movernos, abandonar la comodidad de un único punto de vista y aceptar que toda realidad es más amplia de lo que alcanzamos a ver.
Durante años pensé en esa metáfora.
Hasta que comprendí que quería completarla.
Los que alcanzan la cima no deberían quedarse contemplando el paisaje para sí mismos. Lo verdaderamente importante ocurre cuando regresan y comparten aquello que descubrieron.
Subir la montaña no convierte a nadie en superior.
Solo ensancha el horizonte.
Y cuando el horizonte se ensancha, disminuye el espacio para el fanatismo, el resentimiento y el desprecio.
Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas del humanismo.
Nunca me gustó la fábula de la cigarra y la hormiga. Se nos enseñaba que una representaba el trabajo y la otra la irresponsabilidad.
Siempre pensé que la historia estaba incompleta.
Mientras la hormiga cargaba con el peso de su labor cotidiana, el canto de la cigarra seguramente hacía más llevadero el camino.
La música también sostiene.
La poesía también alimenta.
La filosofía también orienta.
La historia preserva la memoria.
La antropología nos recuerda que existen muchas maneras de ser humanos.
La belleza también trabaja.
El arte no compite con la ciencia ni con la economía. Nos permite conocer aquello que ninguna estadística alcanza a medir: la experiencia humana.
No todo aquello que hace posible una sociedad puede medirse con indicadores económicos. Joseph Stiglitz ha insistido en que el verdadero desarrollo depende también de bienes invisibles: la confianza, la cooperación, el capital social y la capacidad de una comunidad para construir vínculos duraderos. La cultura participa precisamente de esa economía silenciosa. No produce únicamente riqueza material; también produce ciudadanía, pertenencia y sentido.
Con los años entendí hasta qué punto el arte puede preservar nuestra humanidad.
Después de la firma de los Acuerdos de Paz, uno de sus protagonistas me confesó que la poesía había desempeñado un papel inesperado durante las negociaciones. En los momentos de mayor tensión, varios de los firmantes compartían versos escritos por ellos mismos. Era el lenguaje común cuando todo parecía dividirlos.
Poco tiempo después recibí la visita de uno de los antiguos comandantes. Traía consigo un manuscrito escrito a mano. Era un cuaderno de poemas.
Al entregármelo me dijo unas palabras que jamás olvidé:
—Esto le pertenece. Al escuchar su voz y la música que usted programaba, me acordé de mi humanidad.
Nunca recibí una explicación más profunda sobre el sentido de una emisora cultural.
También durante muchos años organizamos encuentros en torno a la obra de Roque Dalton, cuando todavía resultaba incómodo hacerlo. La pregunta era siempre la misma: ¿sobrevivirá su obra a la coyuntura política que la vio nacer?
Yo estaba convencida de que sí.
Porque aquello que nace de lo profundamente humano termina sobreviviendo a cualquier circunstancia histórica. Las ideologías pasan. Los conflictos terminan. Las generaciones cambian. Pero las grandes obras permanecen porque hablan de aquello que todos compartimos.
Muchos años después, Hugo Lindo volvió a aparecer en mi camino.
En los últimos años de su vida, cuando ya enfrentaba una enfermedad pulmonar terminal, nos reuníamos algunos sábados por la tarde para conversar. Allí estaban Hugo, el maestro Germán Cáceres, otros amigos y yo con mi hija Annetta todavía en brazos. Escuchábamos a Bach, algún réquiem o incluso a los Beatles. Hugo leía poesía. Hablábamos de la vida y de la muerte con una naturalidad que solo el afecto y la confianza hacen posible.
Aquellas tertulias nunca fueron solemnes. Eran, simplemente, encuentros entre seres humanos que compartían música, palabras, memoria y tiempo.
Poco antes de morir, Hugo publicó Resonancias de Vivaldi, acompañado por las extraordinarias ilustraciones de Carlos Cañas. Cada uno de los movimientos de Las cuatro estaciones inspiraba un poema.
Entonces comprendí que aquel libro era mucho más que un homenaje musical.
Era un diálogo.
Un compositor veneciano del siglo XVIII conversando con un poeta salvadoreño del siglo XX, mientras un pintor traducía esa conversación al lenguaje de los colores.
Siglos unidos por una misma confianza.
Las cuatro estaciones dejaban de ser únicamente las de la naturaleza o las edades del ser humano. Eran también una lección de continuidad.
La primavera como inicio.
El verano como plenitud.
El otoño como desprendimiento.
Y el invierno no como un final absoluto, sino como el tiempo silencioso que prepara una nueva primavera.
Vivaldi sabía que otros escucharían su música cuando él ya no estuviera. Hugo Lindo sabía que otros leerían sus poemas. Carlos Cañas sabía que otras miradas se detendrían frente a sus colores.
Hay un verso que siempre vuelve a mi memoria:
“Cuando los corteses florezcan…”
Hugo sabía que él no estaría allí para verlos.
Pero sabía también que florecerían.
Los tres compartían una misma convicción:
la belleza es un acto de esperanza.
Creamos porque creemos que alguien continuará la conversación cuando nosotros hayamos partido.
Quizá esa sea también la verdadera definición del patrimonio cultural.
No conservar únicamente las obras.
Conservar la posibilidad de seguir dialogando a través de ellas.
Hace décadas, Thomas J. Watson, fundador de IBM, pronunció una frase que siempre me acompañó: “Gracias al ayer que nos ha permitido ser lo que somos hoy y lo que seremos mañana”.
Con los años comprendí que no hablaba solamente de innovación.
Hablaba de continuidad.
Ninguna sociedad construye el mañana rompiendo deliberadamente el diálogo con su pasado.
Lo construye comprendiendo que cada generación recibe una conversación ya iniciada y tiene la responsabilidad de enriquecerla antes de entregarla a quienes vendrán después.
Hace poco Radio Clásica inició una alianza con Mediana Magazine. Sus fundadores apenas superan los veinticinco años. Han decidido invertir su talento y sus propios recursos en una revista que apuesta por la cultura, el pensamiento crítico y el diálogo.
Al escuchar a su director, Walu Hernández, comprendí que no habíamos luchado en vano.
La montaña sigue teniendo caminantes.
Siempre habrá personas dispuestas a escuchar un llamado distinto.
Vivimos tiempos en los que pareciera que todo debe publicarse para el algoritmo. Sin embargo, los algoritmos también pasarán. Dentro de diez años nadie recordará qué publicación obtuvo más clics. Lo que realmente importará será quién logró documentar este momento del país con profundidad, sensibilidad y criterio.
Porque la cultura nunca ha sido un museo de obras inmóviles.
Es la conversación más larga que la humanidad ha sostenido consigo misma.
Nosotros no la iniciamos.
Tampoco la concluiremos.
Somos apenas una voz dentro de ese inmenso coro.
Con los años comprendí también que nadie es dueño de la montaña.
No existen rutas obligatorias ni una única manera de ascender. Cada persona descubre la belleza desde su propia historia, a su propio tiempo y siguiendo caminos distintos.
Quizá por eso nunca he querido convencer a nadie de escuchar determinada música, de leer ciertos libros o de compartir mis preferencias estéticas.
La cultura no admite imposiciones.
Solo invitaciones.
Henry David Thoreau escribió: «Si un hombre no marcha al paso de sus compañeros, quizá sea porque escucha un tambor diferente. Dejémosle caminar al ritmo de la música que oye, cualquiera que sea su compás o por lejos que suene».
Esa frase me ha acompañado durante muchos años.
Pienso que ocurre exactamente lo mismo con la cultura.
Cada uno escucha un llamado distinto.
Algunos llegarán a la poesía.
Otros a la ciencia.
Otros al teatro.
Otros a la pintura, a la filosofía o a la música.
Todos esos caminos son legítimos.
Si algo he aprendido después de toda una vida es que mi misión nunca fue señalar cuál era el camino correcto. Mi tarea ha sido mantener abierta una puerta para que otros encuentren el suyo.
Nadie es dueño de la montaña.
Quizá el verdadero privilegio no consista en alcanzar la cima, sino en descubrir que, desde cualquier sendero recorrido con honestidad, el horizonte siempre puede ensancharse.
Y si ese recorrido nos hace un poco más sensibles, un poco más libres y un poco más humanos, entonces habrá valido la pena.
Ese ha sido, sencillamente, el sentido de mi camino.