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Publicación del Foro de Reflexión sobre la Realidad Salvadoreña – FORES–
No. 13, enero - abril, 2026 - Revista cuatrimestral. San Salvador, El Salvador, Centroamérica
Some currents of critical thought to imagine a new paradigm of human development from the South
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Este trabajo tiene la licencia
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Recibido: 12/11/2025 Aprobado: 12/12/2025 |
José Luis Gálvez Hernández [1]
Universidad de El Salvador
Docente e investigador
https://orcid.org/0009-0009-8735-6766
Resumen
El enfoque del desarrollo humano promovido por el PNUD a inicios de la década de los años noventa, probablemente significó un punto de inflexión frente a las visiones economicistas que asociaban el progreso con el crecimiento del PIB. Sin embargo, a más de tres décadas de su formulación, diversos autores y experiencias críticas, especialmente desde el Sur global, han señalado las limitaciones estructurales, éticas y epistémicas del enfoque dominante del desarrollo humano. Estas críticas giran en torno a su orientación tecnocrática, su énfasis en indicadores agregados que invisibilizan desigualdades estructurales, y su pretensión de universalidad, ajena a los contextos históricos, culturales y políticos de los pueblos del Sur. Este artículo propone un ejercicio de relectura crítica del paradigma del desarrollo humano desde una perspectiva latinoamericana, recurriendo a cinco corrientes fundamentales: el pensamiento decolonial, el enfoque del postdesarrollo, la cosmovisión del Buen Vivir, la economía del cuidado y una ampliación crítica del enfoque de las capacidades. Cada una de estas perspectivas aporta herramientas teóricas y éticas para cuestionar los supuestos hegemónicos del desarrollo y abrir camino hacia horizontes alternativos, pluriversales, situados, relacionales y sostenibles. En conjunto, estas corrientes permiten imaginar un nuevo paradigma del desarrollo humano que ya no se defina por la acumulación o el rendimiento individual, sino por el rol protagónico de las colectividades humanas en proceso permanente por mejorar e incrementar su prosperidad económica la calidad de las relaciones, la reciprocidad, el cuidado de la vida y la justicia estructural.
Palabras claves: Desarrollo humano, Teorías críticas, Sur global, Postdesarrollo, Decolonialidad, Economía del cuidado.
Abstract
The human development approach promoted by the UNDP in the early 1990s probably marked a turning point compared to the economic views that associated progress with GDP growth. However, more than three decades after its formulation, various authors and critical experiences, especially from the Global South, have pointed out the structural, ethical, and epistemic limitations of the dominant approach to human development. These criticisms revolve around its technocratic orientation, its emphasis on aggregate indicators that make structural inequalities invisible, and its claim to universality, which is alien to the historical, cultural and political contexts of the peoples of the South.This article proposes a critical re-reading of the human development paradigm from a Latin American perspective, using five fundamental currents: decolonial thought, the post-development approach, the worldview of Buen Vivir (Good Living), the care economy, and a critical expansion of the capabilities approach. Each of these perspectives provides theoretical and ethical tools to question the hegemonic assumptions of development and pave the way towards alternative, pluriversal, situated, relational and sustainable horizons. Taken together, these trends allow us to imagine a new paradigm of human development that is no longer defined by accumulation or individual performance, but by the leading role of human collectives in a permanent process of improving and increasing their economic prosperity, the quality of relationships, reciprocity, care for life and structural justice.
Keywords: Human development, Critical theories, Global south, oPst-development, Decoloniality, Care economy.
Introducción
A partir del año 1990, es factible rastrear “la huella histórica” de los Informes de Desarrollo Humano (IDH) publicados bajo la responsabilidad del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). El así conocido concepto de desarrollo humano significó una ruptura importante respecto de los enfoques centrados exclusivamente en el crecimiento económico. Al proponer que el verdadero progreso debe medirse por la ampliación de las capacidades y libertades humanas, este enfoque permitió incorporar dimensiones sanitarias educativas y de bienestar general al debate sobre el desarrollo. No obstante, con el paso del tiempo, múltiples autores y movimientos sociales -sobre todo desde el Sur global- han señalado que, si bien el enfoque del desarrollo humano fue innovador en su momento, ha terminado por consolidarse como una herramienta tecnocrática, institucionalista y, en teoría, despolitizada que no logra cuestionar las estructuras profundas de la desigualdad global ni proponer alternativas reales a los modelos dominantes de acumulación y exclusión.
En el marco de una crisis multidimensional, económica, ecológica, ética, epistémica y civilizatoria, se vuelve cada vez más urgente repensar los fundamentos del desarrollo humano desde perspectivas críticas que no solo identifiquen sus limitaciones teóricas, sino que además ofrezcan caminos para construir horizontes alternativos de vida buena, bienestar colectivo y sostenibilidad estructural. En particular, en algunas regiones del Sur Global, incluyendo naturalmente a América Latina, han surgido propuestas que desbordan el paradigma tradicional, es decir, visiones que cuestionan la colonialidad del saber y del poder, que critican la idea misma de “desarrollo” como meta universal, que valorizan el cuidado como principio organizador de la vida social y qué, además, plantean la necesidad de un nuevo enfoque económico ajustado y centrado, ya no en el lucro desmedido de los sectores tradicionalmente vinculados al poder, sino en bienestar de las grandes mayorías.
Estas páginas tienen como objetivo explorar algunas de estas corrientes de pensamiento crítico -el pensamiento decolonial, el postdesarrollo, el Buen Vivir, la economía del cuidado y la ampliación crítica del enfoque de capacidades- para imaginar un nuevo paradigma del desarrollo humano que esté enraizado en las realidades, luchas y aspiraciones de los pueblos del Sur. En principio, la hipótesis parte de considerar que el desarrollo humano, si ha de tener alguna relevancia emancipadora en el siglo XXI, debe ser profundamente revisado y reconstruido desde una ética del cuidado, la reciprocidad, la justicia social y la pluriversalidad epistémica.
El caso salvadoreño, marcado por décadas de modernización excluyente, violencia estructural y escasa redistribución, ofrece un ejemplo concreto de cómo los indicadores agregados del desarrollo humano pueden ocultar profundas fracturas sociales. Al mismo tiempo, constituye un escenario propicio para plantear la urgencia de imaginar otros modelos posibles, más allá de la reproducción del crecimiento desigual. Por ello, el presente artículo se propone no solo como un ejercicio teórico, sino como una invitación política a repensar los fines y medios del desarrollo humano desde el Sur, en clave crítica, relacional y transformadora.
Crisis del paradigma dominante del desarrollo humano
El enfoque del desarrollo humano surgió como una respuesta a los límites del economicismo, al poner en el centro a las personas y sus capacidades reales para vivir la vida que valoran. No obstante, pese a sus avances discursivos y metodológicos, el paradigma dominante del desarrollo humano -particularmente el promovido por el PNUD- ha enfrentado importantes críticas por parte de pensadores críticos del Sur global y de diversos movimientos sociales. Estas críticas no buscan negar su utilidad inicial, sino señalar su progresiva institucionalización como una herramienta tecnocrática, neutralizada políticamente y adaptada a los marcos de gobernabilidad neoliberal.
Una de las críticas centrales reside en la tendencia del enfoque a privilegiar indicadores agregados, como el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que tienden a invisibilizar las desigualdades estructurales internas. Al concentrarse en promedios nacionales de esperanza de vida, escolaridad e ingreso, se ocultan las brechas étnicas, de género, territoriales y de clase que fragmentan la experiencia real del potencial desarrollo de los pueblos en los países del Sur global. En el marco de países como El Salvador, los números del IDH casi anualmente publicados podrían exponer avances relativos, pero eso no necesariamente involucraría un progreso sostenido y evidente en la calidad de vida de la población. Además, el paradigma del desarrollo humano ha sido criticado por su universalismo normativo, que ignora la pluralidad de concepciones del bienestar existentes en las diversas culturas del mundo. Al definir qué significa “desarrollarse” desde categorías diseñadas en contextos del Norte global, este enfoque tiende a imponer un modelo homogéneo que desconoce cosmovisiones indígenas, saberes locales y experiencias comunitarias que no responden a la lógica de la acumulación o del rendimiento individual.
Por otra parte, se señala su carácter institucionalista, en el sentido de que apuesta por reformas dentro del mismo sistema económico y político global, sin cuestionar las estructuras históricas de dominación, como la dependencia, el colonialismo interno o el extractivismo. En este sentido, el desarrollo humano ha sido funcional a un modelo de gobernanza que valora la estabilidad macroeconómica y la inversión extranjera, sin abordar los fundamentos de la desigualdad social o los límites ecológicos del planeta.
En suma, la crisis del paradigma dominante del desarrollo humano no radica solamente en sus instrumentos de medición, sino en sus supuestos epistémicos y políticos. Su progresiva neutralización ha llevado a que sea compatible con políticas regresivas, modelos extractivistas y estrategias que perpetúan la precariedad. En respuesta a estas limitaciones, han emergido múltiples corrientes críticas que proponen otras formas de concebir el desarrollo, no como una línea ascendente hacia un ideal occidentalizado, sino como un campo de disputas éticas, políticas y civilizatorias.
El pensamiento decolonial
El pensamiento decolonial ha emergido como una de las corrientes más influyentes y radicales en la crítica al paradigma moderno-occidental del desarrollo. Desde América Latina, distintos autores como Arturo Escobar, Walter Mignolo, Aníbal Quijano y Catherine Walsh, han cuestionado la forma en que el concepto de desarrollo reproduce estructuras de colonialidad del poder, del saber y del ser. Según esta perspectiva, el desarrollo no es una categoría neutral ni técnica, sino una narrativa histórica vinculada a la expansión del capitalismo global y a la subordinación epistémica y material de los pueblos del Sur.
Uno de los conceptos clave de esta corriente es la “colonialidad del poder” (Quijano, 2000), que se refiere a la persistencia de jerarquías raciales, culturales, económicas y epistemológicas originadas durante la conquista y colonización de América Latina, pero que continúan operando en la actualidad bajo nuevas formas. En este sentido, el desarrollo aparece como un dispositivo que reordena el mundo según criterios eurocéntricos, donde los países del Sur son definidos como “atrasados” o “subdesarrollados” en comparación con un ideal civilizatorio del Norte global.
Desde esta crítica, la noción de desarrollo humano, tal como ha sido promovida por organismos multilaterales, se inscribe en lo que Mignolo denomina “modernidad/colonialidad”, un entramado de poder que naturaliza la superioridad de ciertos modos de vida, conocimiento y organización social. De ahí que los enfoques de desarrollo que se pretenden “neutrales” o “universales” terminen operando como formas de epistemicidio, al invisibilizar los saberes, prácticas y cosmovisiones de los pueblos originarios, afrodescendientes y comunidades rurales.
El pensamiento decolonial no propone simplemente reformar el desarrollo, sino desprenderse de él como noción universalizante. Su propuesta es avanzar hacia un “desprendimiento epistémico”, que abra paso a múltiples formas de existencia, conocimiento y bienestar. En lugar de imponer un modelo único, se trata de construir un pluriverso (Escobar, 2018), donde quepan muchas formas de vida digna, sostenibles y autónomas, en diálogo con las realidades territoriales y culturales concretas.
En el contexto salvadoreño, esta perspectiva invita a revisar críticamente los modelos de desarrollo impuestos desde fuera, e incluso desde las élites nacionales, y a valorar las resistencias, saberes populares, iniciativas comunitarias y memorias históricas como fuentes legítimas de construcción de bienestar. Imaginar un nuevo paradigma del desarrollo humano desde el Sur, implica así descolonizar tanto los fines como los medios del desarrollo, reconociendo que no puede haber justicia social sin justicia epistémica.
El postdesarrollo
El enfoque del postdesarrollo representa una crítica radical no solo a los modelos específicos de desarrollo, sino a la idea misma de “desarrollo” como categoría histórica, ideológica y normativa. Surgido principalmente en la década de 1990, este enfoque ha sido impulsado por pensadores como Arturo Escobar, Wolfgang Sachs, Gustavo Esteva y Majid Rahnema, quienes coinciden en que el desarrollo no es una condición natural ni una meta universal, sino una construcción cultural e histórica asociada a los intereses del Norte global y al legado colonial.
Desde esta perspectiva, el concepto de desarrollo ha funcionado como una forma de colonización del imaginario, mediante la cual se impuso a los pueblos del Sur una visión lineal, evolucionista y jerárquica del progreso humano. Según Sachs (1992), el desarrollo estableció una narrativa global en la que las sociedades occidentales eran el modelo a seguir, mientras que el resto del mundo era clasificado como “subdesarrollado” o “en vías de desarrollo”, justificando así la intervención técnica, económica y política de organismos internacionales y gobiernos del Norte.
La crítica postdesarrollista no se limita a denunciar la ineficacia de ciertas políticas, sino que desmonta la arquitectura conceptual del desarrollo. Señala que detrás de discursos como el del desarrollo humano subyacen valores individualistas, extractivistas y productivistas que reducen la vida a parámetros cuantificables, invisibilizando dimensiones culturales, espirituales y relacionales del bienestar. En este sentido, el desarrollo, incluso en su versión humanista, ha servido muchas veces para encubrir procesos de desposesión, desplazamiento y homogenización cultural.
En lugar de proponer un nuevo modelo universal, los teóricos del postdesarrollo defienden un enfoque plurilocal, basado en las prácticas, valores y aspiraciones de las comunidades concretas. Lo que proponen es abandonar el concepto único de desarrollo y abrir paso a una diversidad de alternativas situadas, arraigadas en los territorios y no subordinadas a los parámetros del mercado global o de las instituciones financieras internacionales. Este pluralismo epistémico implica también una crítica al lenguaje técnico que encierra las decisiones en manos de expertos y excluye a los pueblos de la deliberación sobre sus propios destinos.
Aplicado al caso de El Salvador, el enfoque postdesarrollista invita a desmontar la lógica según la cual el país debe “alcanzar” estándares definidos desde el exterior. Más bien, propone escuchar y visibilizar las múltiples experiencias populares de vida digna que existen en barrios, comunidades rurales, colectivos juveniles o movimientos sociales, y que suelen ser ignoradas por los modelos oficiales de desarrollo. La clave no está en “superar el subdesarrollo”, sino en superar el propio paradigma del desarrollo, abriendo paso a una nueva imaginación política y ética centrada en la autonomía, la relacionalidad y la sostenibilidad integral.
El Buen Vivir
El Buen Vivir, conocido en lenguas indígenas como Sumak Kawsay (quechua) o Suma Qamaña (aymara), es una propuesta filosófica, política y civilizatoria que emerge de las cosmovisiones ancestrales de los pueblos originarios andinos, y que ha ganado relevancia en América Latina como alternativa al paradigma moderno de desarrollo. Lejos de concebirse como una simple mejora del bienestar material, el Buen Vivir implica una concepción relacional, comunitaria y ecológica de la vida, en la que el ser humano no se sitúa como dominador de la naturaleza, sino como parte de un tejido viviente en equilibrio.
A diferencia del desarrollo humano occidental, centrado en la expansión de capacidades individuales, el Buen Vivir se sustenta en principios de armonía, reciprocidad, complementariedad y colectividad. La vida buena no se mide por la acumulación de bienes o logros personales, sino por la calidad de las relaciones con los otros, con la comunidad y con la Pachamama (Madre Tierra). En esta visión, la economía se subordina a la vida, y no al revés, y el conocimiento no es exclusivo de la ciencia moderna, sino que incluye saberes ancestrales, comunitarios y espirituales.
Políticamente, el Buen Vivir cuestiona los modelos de desarrollo extractivistas, centralistas y verticales. Propone formas de democracia colectivo-participativa, del pluralismo jurídico, así como la afirmación trascendente de los derechos colectivos de las comunidades y de la naturaleza. No por casualidad, esta propuesta ha sido incorporada -aunque con límites- en las constituciones de las República de Ecuador (2008) y del Estado Plurinacional de Bolivia (2009), donde se reconocen derechos a la naturaleza y se plantea una ruptura simbólica con el paradigma neoliberal.
Desde una perspectiva crítica, el Buen Vivir representa una ruptura epistémica y ética con el desarrollo como sinónimo de modernización. Como señala Alberto Acosta, se trata de un proyecto de vida en común, de convivencia en la diversidad, y de regeneración de vínculos destruidos por siglos de colonización, mercantilización y competencia. En lugar de imponer un camino único hacia el progreso, el Buen Vivir plantea múltiples formas de habitar el mundo, en equilibrio con los ciclos de la vida y en diálogo intercultural.
En el contexto salvadoreño, pensar el desarrollo humano desde el Buen Vivir implica descentralizar la política del bienestar, revalorizar experiencias comunitarias de resistencia y organización popular y construir una economía centrada en la reproducción de la vida, no en la rentabilidad. Aunque El Salvador no cuenta con una fuerte presencia indígena comparable a la andina, existen prácticas y saberes populares -de carácter campesino, afrodescendiente, cooperativo o solidario- que pueden ser articulados en un horizonte ecológicamente sostenible. El Buen Vivir, más que una receta técnica, es una invitación a pensar el desarrollo desde otras formas de vida posibles, nacidas de las propias raíces culturales y territoriales.
La economía del cuidado
La economía del cuidado ha emergido en las últimas décadas como una perspectiva crítica imprescindible para repensar los fundamentos del sistema económico global y, en particular, del desarrollo humano. Esta corriente, impulsada por los feminismos latinoamericanos y globales, plantea que la vida humana no es posible sin una red constante de cuidados -físicos, emocionales, relacionales- que sostienen el bienestar cotidiano, pero que han sido históricamente invisibilizados, desvalorizados y feminizados. En este sentido, la economía del cuidado no es un complemento al sistema económico, sino su base oculta y no remunerada.
Teóricas como Cristina Carrasco, Amaia Pérez Orozco y María Ángeles Durán han subrayado que las dinámicas referentes a la economía del cuidado –la crianza, el acompañamiento, la preparación de alimentos, la limpieza doméstica y las tareas concernientes a la atención a los adultos mayores o a personas con enfermedades crónicas o discapacitantes, constituyen una forma de actividades indispensable para la reproducción de la vida y la sostenibilidad de la sociedad. Sin embargo, el paradigma económico dominante, centrado en la producción mercantil y en la acumulación de capital, las ha relegado al ámbito privado o doméstico, considerándolas “naturales” o “no productivas”.
Desde esta mirada, el desarrollo humano no puede seguir concibiéndose sin reconocer explícitamente el papel de los cuidados. Más aún, el desarrollo, si ha de ser verdaderamente humano, debe reorganizar la estructura económica, social y política para que el cuidado de la vida esté en el centro y no subordinado a la lógica del lucro. Esto implica una ética del cuidado como principio rector de políticas públicas, modelos productivos y relaciones sociales, donde se valore el trabajo reproductivo, se redistribuya equitativamente entre géneros y clases y se garantice su sostenibilidad ecológica.
La economía del cuidado también ofrece una crítica a las formas tradicionales de medir el desarrollo. Indicadores como el Producto Interno Bruto (PIB) o incluso el IDH del PNUD no capturan el volumen ni la relevancia del trabajo no remunerado que sostiene a las familias y comunidades. Incorporar el cuidado al análisis del desarrollo implica crear nuevas métricas, pero sobre todo nuevas prioridades sociales y económicas, orientadas a proteger la interdependencia humana y la relación con los bienes comunes.
En el caso de El Salvador, las profundas desigualdades de género, la sobrecarga de trabajo doméstico sobre las mujeres y la débil infraestructura pública para el cuidado (guarderías, centros para mayores, salud comunitaria) hacen urgente repensar el desarrollo humano desde esta perspectiva. Más allá de reformas asistenciales o programas focalizados, se trata de una transformación estructural que coloque el bienestar colectivo y la sostenibilidad de la vida como eje del modelo de desarrollo. Como plantea Pérez Orozco, no se trata de “incluir el cuidado en el desarrollo”, sino de redefinir el desarrollo a partir del cuidado.
La ampliación crítica del enfoque de capacidades
El enfoque de capacidades, formulado originalmente por Amartya Sen y desarrollado posteriormente por Martha Nussbaum, significó un avance importante en la conceptualización del desarrollo humano al proponer que lo relevante no es tanto la disponibilidad de recursos de las personas para conducirse en su vida de la manera que consideren conveniente. Bajo esta óptica, se introdujo el concepto de funcionamientos y capacidades, es decir, las realizaciones personales concretas y las circunstancias efectivas para lograrlas. Frente a los enfoques economicistas, el enfoque de capacidades logró introducir dimensiones éticas, sociales y personales al análisis del bienestar.
Sin embargo, diversos autores -sobre todo desde América Latina y los feminismos- han planteado la necesidad de una ampliación crítica de este enfoque, señalando que, si bien Sen aportó una base sólida para reorientar el concepto de desarrollo, su propuesta no logra por sí sola cuestionar las estructuras materiales, culturales y políticas que condicionan las libertades reales. En otras palabras, no basta con ampliar las oportunidades individuales si no se abordan las relaciones de poder, las desigualdades estructurales y la sostenibilidad de la vida.
Una primera línea de ampliación ha sido la introducida por Martha Nussbaum, quien propuso una lista de capacidades centrales vinculadas a factores sociales y económicos como la justicia, los derechos humanos y la integridad de las personas, aunque su propuesta ha sido criticada por su universalismo normativo. En cambio, desde los feminismos del Sur y los estudios decoloniales, se ha sugerido una versión más contextualizada y relacional del enfoque de capacidades, que reconozca las interdependencias humanas, la diversidad cultural y la necesidad de arraigar las capacidades en condiciones sociales y territoriales concretas.
Otra crítica relevante proviene de la economía del cuidado, que plantea que la libertad individual no puede pensarse al margen de las condiciones colectivas que la hacen posible. Desde esta mirada, las capacidades no son atributos individuales que se activan libremente, sino procesos interdependientes que dependen del acceso a redes de apoyo, servicios públicos, tiempo disponible y relaciones sociales justas. Por tanto, una ampliación crítica del enfoque implica incorporar el cuidado, la reciprocidad, la sostenibilidad ecológica y la justicia epistémica como dimensiones estructurantes del desarrollo.
En el contexto salvadoreño, esta reformulación permite comprender por qué ciertos logros en los indicadores del IDH no se traducen en mejoras significativas en la vida cotidiana de amplios sectores sociales. Sin condiciones de seguridad, empleo digno, participación política y redes de cuidado, las “libertades” tienden a ser meramente formales. Imaginar un nuevo paradigma del desarrollo humano requiere, entonces, una concepción de capacidades no solo como elección individual, sino como potencial colectivo sostenido en justicia estructural y solidaridad comunitaria.
Hacia un nuevo horizonte ético y político del desarrollo
Las corrientes de pensamiento crítico presentadas en este artículo -el pensamiento decolonial, el postdesarrollo, el Buen Vivir, la economía del cuidado y la ampliación crítica del enfoque de capacidades- no son alternativas cerradas ni mutuamente excluyentes. Más bien, convergen en una crítica estructural al paradigma dominante del desarrollo humano y en una apuesta por transformar sus fundamentos epistémicos, éticos y políticos. Su común denominador es la convicción de que el desarrollo no puede seguir concibiéndose como un proceso lineal, tecnocrático o universalizable, sino como un proyecto histórico plural, relacional y situado.
En este sentido, se plantea la urgencia de construir un nuevo horizonte del desarrollo humano, no como una simple extensión o mejora de los enfoques existentes, sino como una redefinición radical de sus fines y medios. Esta redefinición parte de varios principios convergentes:
· Redistribución: El desarrollo debe abordar la desigualdad estructural mediante políticas de justicia fiscal, democratización del acceso a bienes comunes y reconocimiento del trabajo históricamente invisibilizado, como el cuidado.
· Reconocimiento: Es indispensable reconocer la diversidad cultural, epistémica y territorial, superando el universalismo moderno-occidental. Esto implica valorar saberes ancestrales, resistencias locales y formas comunitarias de organización.
· Sostenibilidad: La sostenibilidad no debe reducirse a una gestión racional de recursos, sino entenderse como la posibilidad de reproducir la vida en todas sus formas, respetando los ciclos naturales y las interdependencias ecológicas.
· Reciprocidad: Frente a la lógica individualista del desarrollo centrado en el mérito o el rendimiento, se propone una ética relacional basada en la cooperación, la interdependencia y el cuidado mutuo.
Este nuevo horizonte no puede ser impuesto desde fuera ni desde arriba. Debe construirse desde los pueblos, con base en experiencias concretas, procesos participativos y memorias históricas de lucha y organización. En el caso de El Salvador, avanzar hacia un paradigma alternativo del desarrollo humano exige una profunda transformación del modelo económico, del Estado y de la cultura política, incorporando la voz de mujeres, jóvenes, pueblos originarios, conglomerados de trabajadores urbanos y rurales, así como de los sectores históricamente excluidos.
Repensar el desarrollo humano desde las perspectivas del Sur Global trasciende el ámbito puramente académico. Constituye, ante todo, un imperativo ético y político que demanda una acción colectiva, una renovación de las formas de conocer y un compromiso histórico con la dignidad de la existencia. Este horizonte no busca materializar un modelo único o predeterminado, sino abrir el camino hacia diversos futuros posibles, cimentados en la equidad social, el reconocimiento de la pluralidad y la sostenibilidad de toda forma de vida.
Conclusiones
El presente artículo ha explorado diversas corrientes de pensamiento crítico que emergen desde el Sur global como respuesta a las limitaciones estructurales, epistémicas y políticas del paradigma dominante del desarrollo humano. Lejos de desechar sus aportes originales, estas perspectivas buscan desbordar sus márgenes, ampliarlo críticamente o incluso superarlo como marco de referencia único, en favor de visiones más plurales, situadas y emancipadoras.
Las propuestas aquí analizadas -el pensamiento decolonial, el postdesarrollo, el Buen Vivir, la economía del cuidado y la ampliación del enfoque de capacidades- coinciden en que no basta con mejorar los indicadores, aumentar la inversión social o diseñar políticas públicas más inclusivas si no se transforman los fundamentos civilizatorios que sostienen la desigualdad, el extractivismo y el colonialismo epistémico. Desde sus propias lógicas y énfasis, todas estas corrientes desafían el imaginario moderno-occidental del desarrollo y reclaman un giro ético, político y cultural en la manera en que concebimos el bienestar, la libertad y el progreso.
En particular, el caso salvadoreño -marcado por décadas de crecimiento excluyente, concentración de la riqueza, deterioro ambiental y violencia estructural- muestra que el desarrollo humano no puede ser comprendido únicamente a través de índices agregados, sino que exige una lectura profunda de las condiciones históricas y estructurales que determinan quién puede vivir bien y quién no. Esto implica recuperar la voz y el protagonismo de los sectores históricamente marginados, valorar las experiencias comunitarias de resistencia y reconstruir los vínculos entre justicia social, cuidado de la vida y sostenibilidad ecológica.
Pensar un nuevo paradigma del desarrollo humano desde el Sur no es una tarea técnica ni un ejercicio teórico aislado. Es una propuesta política y epistémica que interpela tanto a las instituciones como a las subjetividades, y que reclama nuevas formas de narrar, medir, organizar y vivir la vida en común. En última instancia, se trata de abandonar el desarrollo como destino prefabricado y abrazar la posibilidad de construir mundos múltiples, donde quepan todas las formas dignas de existir y convivir.
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