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Publicación del Foro de Reflexión sobre la Realidad Salvadoreña – FORES–
No. 12, septiembre - diciembre, 2025 Revista cuatrimestral. San Salvador, El Salvador, Centroamérica
The last patriarch of the Boom has closed the book
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Este trabajo tiene la licencia
Recibido: 18/04/2025 Aprobado: 10/08/2025
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Universidad José Matías Delgado Docente e investigador |
Se ha apagado la voz de Mario Vargas Llosa, acaso la última gran columna vertebral del fenómeno que, con noble arrogancia, la crítica denominó el boom latinoamericano. Y sí, puede que haya sido un "boom", pero no fue un estruendo vulgar: fue una explosión con acento culto, con olor a tinta vieja y resonancia de biblioteca. Vargas Llosa, como Cortázar, García Márquez y Fuentes, no solo escribió novelas: escribió puentes entre países, entre generaciones, entre conciencias.
Y no fueron puentes hechos de papel, aunque nacieran de él. Eran puentes narrativos que conectaban el altiplano con el Caribe, la ciudad letrada con el lector de esquina, el barro colonial con los espejismos modernos. Vargas Llosa construía con frases largas, enjundiosas, a veces fatigadas de tanto argumento, pero siempre vibrantes de intención. Y no estaba solo en esa empresa. Compartía la tarea con un club de autores que, sin proponérselo (al menos al principio), acabaron siendo más famosos que muchos presidentes latinoamericanos. Aunque, para ser justos, había días en que también escribían mejor que ellos.
El boom fue un milagro editorial, sí, pero también un fenómeno cultural y, por qué no decirlo, un experimento de convivencia. Imaginemos la escena: un peruano cartesiano, un colombiano de prosa encantada, un mexicano que parecía tener siglos en las venas y un argentino que soñaba en francés. Es decir, un cóctel molotov de egos y talentos. La literatura los unía; las ideas los separaban; la lengua los reconciliaba… hasta que llegó el puñetazo.
Porque sí, aunque hoy lo recordemos entre laureles y discursos de tono grave, Mario también fue protagonista de uno de los momentos más humanos –y literarios, en cierto modo– del siglo XX hispanoamericano: el día en que le soltó un derechazo a Gabriel García Márquez en plena cara, dejando no solo una ceja inflamada, sino también a media generación de lectores preguntándose: ¿Qué demonios pasó entre ellos? La leyenda dice que fue por una mujer. La historia sugiere que hubo también diferencias políticas. La literatura, mientras tanto, tomó nota y siguió escribiendo.
Pero como ocurre con los verdaderos clásicos, la reconciliación llegó, discreta pero digna, muchos años después. Vargas Llosa, con gesto magnánimo, aceptó que Cien años de soledad era una obra maestra. Gabo, por su parte, nunca dejó de admirar el talento del autor de La ciudad y los perros. Se toleraban a través de la prosa, incluso cuando no podían hacerlo cara a cara. Porque así son los grandes escritores: pueden dejar de hablarse, pero nunca de leerse.
Y en eso radica una enseñanza que trasciende los anecdotarios: en el poder integrador del idioma. Ese idioma que, pese a los exilios, los pleitos y los manifiestos, sigue siendo el lugar común donde caben todas nuestras diferencias. La lengua, ese hilo invisible que une a un lector de Tegucigalpa con otro de Montevideo, fue el verdadero protagonista de aquel movimiento. Porque más allá de los premios Nobel (que también hubo, y merecidos: García Márquez en 1982, Vargas Llosa en 2010), lo que nos dejó el boom fue la certeza de que la literatura podía ser, y fue, un territorio de integración.
Como bien lo dijo el propio Vargas Llosa, “la literatura es fuego” (La literatura es fuego, 1977), y ese fuego prendió una conciencia latinoamericana que aún arde, con más o menos intensidad, en las páginas de quienes siguieron su legado. Y es que, al final del día, tal vez ese sea el milagro del español: una lengua capaz de sobrevivir a los imperios, a los divorcios ideológicos, a los premios discutidos y hasta a los puñetazos.
Es curioso cómo la muerte de un escritor –ese artesano del silencio y la palabra– puede generar tanto ruido. Pero no es un escándalo banal: es la resonancia de una obra que se integró, sin pedir permiso, en la médula cultural del continente. Y no solo del continente: de la lengua. Porque el español no es solo un idioma; es, como quería Borges, un destino compartido. Un destino que se escribe con muchas manos y muchas voces, algunas graves y académicas, otras desafiantes y rotundas, otras aún susurradas desde los márgenes. Pero todas, en su conjunto, forman esa sinfonía vibrante que llamamos literatura en español.
Mientras Vargas Llosa trazaba líneas con bisturí narrativo, en otros rincones del mapa sonaban otras voces. Juan Rulfo, con apenas dos libros, convirtió el silencio mexicano en literatura universal. Ernesto Sábato, que parecía escribir desde el borde de un abismo metafísico, tejía en El túnel y Sobre héroes y tumbas una desesperanza profundamente lúcida. Y en la otra orilla del Atlántico, Camilo José Cela –con más malas pulgas que metáforas, pero con ambas en abundancia– renovaba la novela española con una prosa que sangraba posguerra.
Pero sería imperdonable olvidar que este destino compartido no es patrimonio exclusivo de varones con corbata y pipa. Rosario Castellanos denunciaba, desde su México convulso, no solo el machismo sino también el colonialismo interior. Claribel Alegría, con una ternura cortante, versificaba la tragedia de Centroamérica sin caer en panfletos. Carmen Martín Gaite hilaba realismo y melancolía con una precisión que ya quisieran muchos alquimistas de la frase. Y no podemos dejar de lado a Dulce María Loynaz, la cubana que escribió desde el exilio interior antes de que estuviera de moda, y que recibió un Premio Cervantes cuando nadie apostaba por ella.
Lo interesante es que, a pesar de sus diferencias –políticas, estilísticas, geográficas, temperamentales– todos estos autores compartieron algo más que un idioma. Compartieron una fe inquebrantable en la palabra como herramienta de resistencia, de construcción y de memoria. La lengua no fue para ellos una mera herramienta de comunicación: fue una patria simbólica, un territorio sin fronteras, un puente entre la historia y la imaginación.
Por eso, cuando muere uno de ellos, sentimos que algo tiembla en nuestro ADN cultural. No por el funeral, no por el titular, sino porque en esa pérdida se activa una conciencia: la de que la lengua que hablamos, leemos y escribimos está hecha no solo de reglas gramaticales, sino también de gestos narrativos que nos han dado forma. Es, en otras palabras, un patrimonio vivo. Y como todo lo vivo, puede doler cuando se transforma.
Vargas Llosa fue muchas cosas –a veces demasiadas–, pero nunca indiferente. Amado, odiado, leído, subrayado. Es probable que nunca haya dejado una frase sin carga. Incluso cuando parecía hablar del Perú, hablaba del poder; incluso cuando abordaba la historia, metía el bisturí en la carne de lo humano. No era fácil, ni buscaba serlo. Y eso, en tiempos de inmediatez y banalidad, se agradece. Porque si algo distinguía a Vargas Llosa –más allá de su sintaxis intrépida y su pulso narrativo sin temblor– era su capacidad para incomodar, para contradecir y, sobre todo, para insistir en la complejidad del mundo en una época que aplaude los eslóganes y las ocurrencias virales.
En una entrevista de 1981, declaró que la literatura debía “molestar a los satisfechos y consolar a los oprimidos”. El problema es que él a menudo hacía ambas cosas al mismo tiempo, lo que provocaba no pocos cortocircuitos ideológicos entre sus lectores. Se atrevió a escribir sobre la dictadura de Odría en Conversación en La Catedral, pero también defendió con vehemencia el liberalismo político al estilo Hayek en los años noventa, dejando a más de un lector con la ceja arqueada y el libro en la mano, sin saber si continuarlo o lanzarlo por la ventana. Pero incluso en esas páginas más controversiales, había una honestidad feroz, una convicción literaria innegociable.
Vargas Llosa fue, también, un intelectual público a la vieja usanza, de esos que intervenían en el debate sin esconder la pluma ni la opinión, aunque a veces uno deseara que hubiera puesto una coma antes de enviar ciertos artículos. Pero no se le podía acusar de cobardía ni de evasión: allí estaba, escribiendo sobre política peruana, sobre Europa, sobre la cultura, sobre lo que fuera que agitara su pensamiento. Su firma en los periódicos era un acontecimiento y un motivo de discusión, no un simple relleno de domingo. Algo que –hay que decirlo– escasea en estos tiempos donde muchos escritores opinan como si pidieran disculpas por hacerlo.
Y si bien algunos lo tildaban de soberbio, quizás era porque no hacía concesiones. Tenía el gesto del polemista ilustrado, con aroma de ancien régime y una pasión casi quijotesca por las ideas, lo cual no dejaba de ser encantadoramente anacrónico. Como aquel caballero que entra con levita a una reunión de Zoom: desubicado, sí, pero inolvidable. En un mundo de relativismos cómodos, Vargas Llosa parecía escribir desde un incómodo absolutismo de la razón, confiando aún en que la literatura podía –y debía– contribuir a la construcción de una ciudadanía crítica.
Quizás por eso, y no solo por sus tramas elaboradas, Vargas Llosa se mantuvo en el centro del debate cultural latinoamericano durante más de medio siglo. Porque más allá de las polémicas, fue un gran defensor de la lengua como instrumento de civilización. En una región en la que las palabras han sido muchas veces sustituidas por balas, su compromiso con la palabra escrita, con la novela como espacio para pensar lo imposible, representa un legado que no puede despacharse con ligereza. Vargas Llosa encarnó, con sus virtudes y defectos, una figura ya rara: la del escritor que cree que la literatura no debe complacer, sino confrontar. Y, si puede, iluminar.
Pero no hablemos solo de él, hablemos del nosotros que lo hizo posible. El boom no fue solo una moda editorial ni una coincidencia de talentos –aunque algo de eso hubo–. Fue, sobre todo, la manifestación de una conciencia latinoamericana que se buscaba a sí misma en el espejo de la literatura. Fue integración estética antes que política; fue unión lingüística antes que tratados. García Márquez con su Caribe mágico, Cortázar con sus relojes que nunca daban la hora, Fuentes con su barroquismo cósmico, y Vargas Llosa con su racionalismo andino: todos hablaban distinto, pero hablaban el mismo idioma.
Y alrededor de ellos, como astros en una constelación más amplia que la mercadotecnia quiso reducir a cuatro nombres, brillaban otras voces. José Donoso, el chileno de ironía elegante, que en El obsceno pájaro de la noche nos mostró que la locura no era un desvío, sino una forma aguda de lucidez. Augusto Monterroso, el guatemalteco que necesitó solo siete palabras para escribir un cuento eterno: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” (Monterroso, 1959). Una frase mínima, una sacudida de humor y crítica, y un guiño de inteligencia que todavía resuena en la conciencia hispanoamericana.
Y estaban también los que se adelantaron al boom, como Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura en 1967, que convirtió las leyendas mayas y el poder despótico en literatura con El Señor Presidente y Hombres de maíz. Asturias fue, en cierto modo, un proto-integrador: su lenguaje mestizo y ceremonial anunciaba que la lengua española podía ser muchas cosas sin dejar de ser ella misma. Algo que también confirmaron, en la otra esquina del continente, Pablo Neruda –poeta con alma de volcán, también Premio Nobel (1971)– y Gabriela Mistral, la primera mujer latinoamericana en recibirlo (1945), que escribió como si cada palabra fuera un acto de ternura insurgente.
Incluso autores que no entraron formalmente al canon del boom, como Juan Carlos Onetti, en Uruguay, o Manuel Puig, en Argentina, hicieron de la lengua una herramienta de exploración existencial y cultural. El primero, con un desencanto de bar y cigarrillo que convertía la derrota en estilo. El segundo, con una sensibilidad pop que le dio voz a quienes la literatura solemne olvidaba.
Y en España, al margen de cualquier "boom", pero con un oído puesto en lo que América decía, Camilo José Cela y Juan Goytisolo recogían las heridas de la Guerra Civil y el exilio, dialogando –a veces en silencio, a veces a gritos– con sus pares de ultramar. Ana María Matute, con su universo de niños antiguos y adultos desolados, también formó parte de esa conversación intercontinental que la lengua facilitaba sin necesidad de aduanas.
Tampoco faltaron las escritoras latinoamericanas que, aunque silenciadas por los ecos masculinos de la década, estaban ahí, escribiendo con igual genio y fuego. Rosario Ferré desde Puerto Rico, Luisa Valenzuela desde Argentina, Elena Poniatowska desde México, que mezclaba el periodismo y la novela como quien mezcla el testimonio con la historia. Y, más adelante, voces como Isabel Allende (aunque a veces tratada con condescendencia por los guardianes del canon) llegaron a lectores de todo el mundo, recordando que la integración también se escribe en clave femenina.
Aquel movimiento, más que un boom, fue una conversación. Una polifonía. Un coro de acentos diversos que coincidieron en una certeza: el español no es solo un idioma, es un espacio compartido para narrar nuestras diferencias. Fue un acto de integración simbólica que precedió a cualquier cumbre presidencial. La literatura tendió puentes entre dictaduras, exilios, revoluciones y desencantos. Y lo hizo sin comités técnicos, sin memorandos de entendimiento, sin reglamentos multilaterales: solo con novelas, cuentos y poemas. Y con lectores. Porque el boom, como todo gran fenómeno, no solo lo hicieron quienes escribieron, sino también quienes leyeron y se reconocieron en esas páginas. Esa es, al fin y al cabo, la forma más duradera de integración que hemos conocido.
Ese idioma, nuestro español compartido, fue y sigue siendo la patria invisible de más de quinientos millones de personas. Y no es solo una cuestión de gramática o de ortografía, aunque la Real Academia se empeñe con el rigor de un notario que cree que los acentos diacríticos sostienen el universo. Es, sobre todo, un hilo narrativo que atraviesa la historia, la política, la música, los mitos y las heridas. En cada novela de Vargas Llosa no solo estaba el Perú, sino también la historia de la ambición, la violencia, el deseo y, por qué no, de la esperanza.
El español es, en este sentido, una especie de ágora portátil, un foro intangible donde dialogan realidades dispares sin necesidad de traducción. Es el espacio simbólico donde un campesino salvadoreño puede leer a García Márquez sin perderse en el laberinto de Macondo, donde un estudiante madrileño puede comprender la rabia contenida en los versos de César Vallejo, y donde una mujer mapuche puede escribir en castellano su historia sin dejar de ser mapuche. Porque, y esto debe decirse con claridad y elegancia, la expansión del español no ha de interpretarse como negación de las lenguas originarias, sino como posibilidad de encuentro. La riqueza lingüística de América Latina —que incluye al quechua, el náhuatl, el garífuna, el maya y tantas otras voces ancestrales— no desaparece, sino que dialoga, traduce, resiste y transforma. El español ha sido, en muchos casos, el vehículo para que esas culturas se narren al mundo, sin por ello diluirse.
Así, este idioma compartido se convierte en una casa sin fronteras, en un tejido vivo y en constante mutación. No hay un solo español: hay muchos. El de Borges, que parece haber leído a todos los griegos; el de Benedetti, que suena a sobremesa rioplatense; el de Zoé Valdés, que llega con salitre y exilio; el de Juan Villoro, que mezcla fútbol y filosofía con la naturalidad de quien pide un café. Y aun así, todos nos entendemos. No con la precisión de un jurista, pero sí con la complicidad de quien comparte un imaginario.
Y es que el español —a veces más que las banderas, los escudos o los himnos— ha sido el verdadero integrador de la comunidad iberoamericana. Ha sostenido un diálogo cultural que los acuerdos políticos apenas logran esbozar. Porque la lengua no firma tratados, pero escribe memorias; no impone constituciones, pero narra las luchas por la justicia; no delimita territorios, pero construye imaginarios comunes. Es, en definitiva, una patria sin aduanas, donde todos somos ciudadanos desde el momento en que pronunciamos nuestras primeras palabras.
En este contexto, la obra de Vargas Llosa se inscribe no solo en la tradición literaria peruana, sino en la gran conversación hispanoamericana. Leerlo era también —y es— un acto de ciudadanía cultural en esa república invisible del idioma. Y ese es, acaso, uno de los más sutiles y poderosos mecanismos de integración que nos hemos dado: la lengua como espejo, como puente, como plaza pública.
Hoy, con su partida, podríamos caer en la tentación de los obituarios melosos. Pero hagámosle un favor: no lo canonizamos. Vargas Llosa fue contradictorio, desafiante, incómodo, genial. Como debe ser un escritor verdadero. Tal vez no nos regaló certezas, pero nos dio preguntas con estilo. Y eso, en el fondo, es mucho más útil.
Fue, en cierto sentido, un francotirador con máquina de escribir: disparaba con argumentos largos, a veces tan filosos como sus entrevistas, otras tan fatigados como sus conferencias de prensa. Su obra no se acomodaba a los tiempos, sino que los provocaba. Y si por momentos pareció girar demasiado a la derecha, nunca lo hizo sin una coma bien puesta y una cita de Popper bajo el brazo. Su pensamiento podía resultar irritante, pero rara vez era superficial. Y eso, en un mundo que premia el eslogan antes que la idea, es una rareza que conviene preservar como se conserva una primera edición: con respeto, aunque con guantes.
Despedirlo no exige incienso, sino lectura. No exige epitafios solemnes, sino bibliotecas abiertas. Leer a Vargas Llosa, incluso en desacuerdo, sigue siendo una forma de educación democrática. En tiempos donde el algoritmo ha reemplazado al editor, y donde los debates suelen terminar antes de comenzar, su obra es una escuela de complejidad. Porque leerlo no era solo asomarse al Perú —aunque ese país atraviesa todo lo que escribió como un espectro entrañable—, sino también entender que las pasiones humanas y las estructuras del poder se parecen mucho en Trujillo, en París o en Arequipa.
Y así como no lo canonizamos, tampoco lo despedimos del todo. Porque si algo tienen los buenos escritores es que siguen molestando después de muertos. Se infiltran en los debates, en las aulas, en las sobremesas con amigos. Aparecen subrayados en una página amarillenta, o citados con entusiasmo en una tesis de provincia. Están en los márgenes de los libros, pero también en los márgenes de la conciencia. Vargas Llosa no será recordado por ser complaciente, sino por ser necesario. Y eso lo convierte, con todos sus matices, en un clásico de los que no se olvidan, aunque uno no siempre sepa si aplaudir o disentir.
Porque, al fin y al cabo, eso es lo que hace la buena literatura: nos deja en paz con nuestras contradicciones, pero inquietos con nuestras convicciones. Nos recuerda que la palabra es una forma de resistencia, de testimonio, de construcción. Y si el español —ese idioma que compartimos con medio mundo— es el territorio común donde esto ocurre, entonces Mario Vargas Llosa no fue solo un gran novelista, sino también un ciudadano eminente de esa república sin fronteras llamada lengua.
Despedirlo es, también, un acto de afirmación cultural. No de nostalgia vacía, sino de memoria activa. Que el idioma español siga siendo ese terreno común donde caben las diferencias, donde la literatura sigue siendo el mejor ejercicio de integración que hemos inventado: sin aduanas, sin visas, sin tratados. Solo con palabras.
Y si existe un lugar reservado para los escritores más grandes —llámese el Parnaso, si uno prefiere la tradición grecolatina, o el Olimpo, si se siente más en sintonía con las tempestades divinas—, no hay duda de que Vargas Llosa ya ha tomado asiento. Tal vez no en el centro, porque eso le habría parecido sospechosamente protocolario, pero sí en una esquina con buena vista, desde donde poder discutir —con firmeza y algo de ironía— con sus antiguos adversarios literarios. Allí estarán Gabriel García Márquez, aun oliendo a tinta y maracuyá, defendiendo la fantasía como forma superior de la verdad. Estará Pablo Neruda, recitando con voz de trueno su Alturas de Machu Pichu mientras Borges —ligeramente incómodo— anota en silencio y espera que nadie le pida emocionarse. Gabriela Mistral escribirá versos que saben a infancia y justicia, mientras Octavio Paz medita, con una copa de vino en la mano, sobre el tiempo, el lenguaje y las ruinas.
Miguel Ángel Asturias hablará como si aún caminara entre volcanes mayas, y Mario Benedetti intervendrá, cortés pero decidido, para recordar que la ternura también es una forma de revolución. Se escuchará, desde un rincón luminoso, la risa breve de la Loynaz y el susurro profundo de José Saramago, que, aunque portugués, entenderá todo, porque en esa república literaria del idioma, las lenguas ibéricas dialogan como hermanas que comparten historia y balcón. Y aunque el acento de cada uno será distinto —rioplatense, caribeño, andino, manchego, canario, chilango, chapín— todos se entenderán perfectamente. Porque allí, en ese espacio imaginario donde se suspenden los egos y los premios, lo que permanece es la lengua como puente, como eco, como abrazo.
No será el canon quien decida el sitio que ocupan, ni el mercado, ni la ideología. Será la memoria activa de los pueblos hispanohablantes, esa multitud dispersa pero conectada que sigue leyendo, que sigue aprendiendo, que sigue soñando en español. Y mientras eso ocurra, mientras una adolescente mexicana se emocione con La casa de los espíritus, mientras un joven salvadoreño subraye un párrafo de La tía Julia y el escribidor, mientras un lector español redescubra Cien años de soledad, la lengua seguirá cumpliendo su misión integradora. Porque, a diferencia de muchas instituciones formales, la literatura sí ha logrado lo que tanto se promete en las cumbres: una comunidad viva, crítica y diversa que se entiende sin necesidad de intérprete.
Y eso, tal vez, sea el legado más profundo de Mario Vargas Llosa: no solo el de un autor, sino el de un ciudadano perpetuo de esa patria sin fronteras que es la lengua española, donde todos los acentos caben, y donde —si el Olimpo existe— los escritores no callan nunca, pero se escuchan siempre.
Referencias
Mario Vargas Llosa:
- La ciudad y los perros (1963): Primera novela del autor, crítica feroz al autoritarismo en un colegio militar peruano.
- Conversación en La Catedral (1969): Novela densa y ambiciosa sobre la corrupción política en el Perú del siglo XX.
- La literatura es fuego (1967): Conferencia-manifiesto donde defiende la función crítica y transformadora de la literatura.
Gabriel García Márquez:
- Cien años de soledad* (1967): Obra cumbre del realismo mágico y piedra angular del boom latinoamericano.
- Premio Nobel de Literatura, 1982.
Julio Cortázar:
- Rayuela (1963): Novela experimental que rompe la linealidad narrativa, considerada una de las más influyentes del siglo XX.
Carlos Fuentes
- La muerte de Artemio Cruz (1962): Retrato fragmentado de un caudillo revolucionario, símbolo de la traición de los ideales en México.
Miguel Ángel Asturias:
- El Señor Presidente (1946): Crítica feroz a las dictaduras latinoamericanas.
- Hombres de maíz (1949): Defensa mítica de la cosmovisión indígena guatemalteca.
- Premio Nobel de Literatura, 1967.
Pablo Neruda:
- Alturas de Machu Pichu (1945): Poema épico incluido en *Canto General*, donde eleva al indígena como figura heroica.
- Premio Nobel de Literatura, 1971.
Gabriela Mistral
- Desolación (1922): Poemario inicial que refleja la fusión de maternidad, religiosidad y naturaleza.
- Premio Nobel de Literatura, 1945.
Ernesto Sábato:
- El túnel (1948): Novela psicológica sobre obsesión y aislamiento.
- Sobre héroes y tumbas (1961): Retrato existencial de la Argentina con pasajes míticos como el Informe sobre ciegos.
Juan Rulfo:
- Pedro Páramo (1955): Novela breve pero fundamental; fusión de realismo y fantasía en un pueblo mexicano fantasma.
José Donoso:
- El obsceno pájaro de la noche (1970): Novela de tono pesadillesco y barroco sobre la decadencia y el aislamiento.
Augusto Monterroso:
- Obras completas (y otros cuentos) (1959): Incluye el célebre microrrelato “El dinosaurio”.
Dulce María Loynaz:
- Jardín (1951): Novela lírica y poética sobre el exilio interior.
- Premio Cervantes, 1992.
Octavio Paz:
- El laberinto de la soledad (1950): Ensayo sobre la identidad del mexicano.
- Premio Nobel de Literatura, 1990.
Juan Carlos Onetti:
- El astillero (1961): Parte de su universo ficticio de Santa María; novela de decadencia y burocracia.
Rosario Castellanos:
- Balún Canán (1957): Novela sobre el racismo estructural en Chiapas desde una perspectiva femenina y crítica.
Claribel Alegría:
- Cenizas de Izalco (1966, con Darwin Flakoll): Novela sobre la masacre indígena en El Salvador en 1932.
Ana María Matute
- Primera memoria (1959): Novela sobre la guerra civil española y la pérdida de la infancia.
[22] Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Máster en Derecho Internacional por la Escuela Diplomática -MAEC-. Especialista en Derechos Humanos por la MAEC. Especialista en Derecho Agrario por la Fundación Española de Derecho Agrario -CSIC-.